En un futuro pasado, uno de esos futuros imaginados que nunca llegaron a existir, por allá del año 19… probablemente a finales del siglo XX, ocurrió un suceso tan extraño que nadie supo explicarlo. Aparentemente, seis naves espaciales aterrizaron en seis zonas deshabitadas de la Tierra y permanecieron ahí durante algunos días. Todo ocurrió en lugares alejados de las grandes ciudades, por lo que nadie sabe realmente qué pasó. Lo único seguro es que, después de aquella Visita, las Zonas donde estuvieron las naves cambiaron para siempre. Era como si hubieran alterado por completo el entorno, dejándolo desolado. Pero también parecía que aquellos seres habían dejado un sinfín de objetos y artefactos esparcidos por el lugar, como si simplemente hubieran venido a pasar un día de campo y, al marcharse, hubieran olvidado recoger su basura.

La Zona de Visita que más nos interesa es la que se encuentra cerca de Harmont, Canadá. Al igual que las demás, fue acordonada por el gobierno y la ONU para ser estudiada por científicos de todo el mundo. Decenas de investigadores analizan los extraños objetos encontrados con la esperanza de comprender cómo funcionan y aprovechar ese conocimiento para desarrollar nuevas tecnologías. Después de todo, ¿te imaginas todo lo que podríamos conseguir si fuéramos capaces de aplicar ingeniería inversa a tecnología extraterrestre?

Pero, aunque los gobiernos intentan monopolizar todo lo que sale de la Zona, existen organizaciones criminales, coleccionistas y grupos de poder dispuestos a pagar fortunas por cualquiera de esos artefactos. Redrick Schuhart es, probablemente, el stalker más experimentado de Harmont. Como muchos otros, se dedica a infiltrarse ilegalmente en la Zona para recuperar objetos que luego venderá en el mercado negro. Red no es un héroe ni un científico. Es un hombre común que solo intenta ganar suficiente dinero para mantener a su familia, aunque eso signifique arriesgar la vida cada vez que cruza el perímetro prohibido o enfrentarse a la posibilidad de terminar en prisión.

Picnic Extraterrestre es una breve novela rusa de ciencia ficción escrita por los hermanos Arkadi y Borís Strugatski en pleno contexto de la Guerra Fría. A través de la historia de Red, un stalker incapaz de abandonar la Zona por más que lo intenta, los autores nos muestran cómo cambió la humanidad después de la Visita. Sin embargo, conforme avanzan las páginas, la verdadera historia deja de ser la del contrabando de artefactos y comienza a girar alrededor de una pregunta mucho más inquietante. ¿Por qué nos visitaron sin intentar establecer contacto?

¿Dejaron esos objetos para acelerar nuestro desarrollo tecnológico? ¿Intentaron comunicarse con nosotros y nunca fuimos capaces de entenderlos? ¿Preparan una futura invasión? ¿Ya nos invadieron sin que nos diéramos cuenta? ¿Llegaron siquiera a notar la existencia de los seres humanos? ¿O simplemente vinieron a hacer una escala y nos consideraron tan insignificantes como nosotros consideramos a las hormigas durante un día de campo?

Picnic Extraterrestre es una novela de ciencia ficción distinta a cualquier otra que haya leído. En varios momentos me recordó a los relatos de Philip K. Dick. Ambos construyen mundos donde la tecnología extraordinaria forma parte de la vida cotidiana y nunca sienten la necesidad de explicar cada detalle de su funcionamiento. Sin embargo, las preguntas que les interesan son distintas. Mientras los hermanos Strugatski se inclinan por las implicaciones científicas, sociales y filosóficas del contacto con lo desconocido, Dick suele explorar la identidad, la percepción y la fragilidad de la realidad desde un enfoque mucho más existencial.

Pero quizá lo más brillante de Picnic Extraterrestre sea que nunca intenta satisfacer nuestra curiosidad. Cualquier otro autor habría convertido la novela en una búsqueda por descubrir quiénes eran los extraterrestres y cuáles eran sus intenciones. Los Strugatski hacen exactamente lo contrario. Entienden que el verdadero misterio no está en responder las preguntas, sino en obligarnos a convivir con ellas. La Visita termina convirtiéndose en un fenómeno tan cotidiano para sus personajes que, poco a poco, también deja de sorprender al lector, aunque nunca deje de resultar inquietante.

Cuando terminé el libro tuve la sensación de que había pasado más tiempo pensando en él que leyéndolo. Cada página deja nuevas dudas y pocas respuestas, haciendo que la historia siga creciendo incluso después de cerrar la última página. Tal vez esa sea la mayor virtud de Picnic Extraterrestre. No intenta convencerte de una teoría sobre los extraterrestres, sino recordarte que quizá el universo sea tan inmenso que nuestras preguntas ni siquiera sean las correctas.