Las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México han visto pasar de todo durante siglos. Virreyes y comerciantes, revolucionarios y turistas, procesiones religiosas y manifestaciones multitudinarias. Sin embargo, entre las decenas de leyendas que sobreviven en esta zona de la ciudad, existe una que resulta especialmente inquietante porque no habla de un fantasma, ni de una aparición en un edificio abandonado.

Habla de una figura que camina.

Y que, según quienes la han visto, sigue recorriendo las calles hasta nuestros días.

La historia llegó hace algunos años al correo del podcast paranormal Remanchados de Miedo, conducido por Mar Arriaga. El relato provenía de un hombre que prefirió mantener su identidad en secreto, pero que juraba haber vivido una de las experiencias más aterradoras de su vida en las inmediaciones de las calles que rodean el Templo Mayor.

Ocurrió una noche entre semana.

Las calles ya comenzaban a vaciarse y los negocios cerraban sus cortinas. El hombre caminaba por la zona cercana a San Ildefonso cuando notó algo extraño al final de una calle poco iluminada.

Al principio pensó que era una persona disfrazada. Una especie de actor callejero. Quizá alguien participando en alguna representación religiosa.

Pero conforme la figura se acercó, comenzó a darse cuenta de que había algo profundamente incorrecto en ella.

Caminaba despacio. Demasiado despacio.

Como si cada paso le costara un esfuerzo inmenso. Como si las piernas apenas pudieran doblarse.

La figura avanzaba con movimientos rígidos, torpes y mecánicos, semejantes a los de una estatua intentando aprender a caminar.

Entonces la vio mejor.

Y sintió cómo se le helaba la sangre.

No parecía una persona.

Su piel era completamente blanca.

No blanca como la de alguien pálido.

Blanca como el yeso.

Como una escultura recién salida de un taller.

El rostro tenía facciones serenas, casi perfectas, pero inmóviles. Los ojos parecían abiertos, aunque no parpadeaban. La piel carecía de brillo, de textura, de cualquier rasgo humano.

Era como observar una imagen religiosa que, por alguna razón imposible, se había puesto de pie. Y estaba caminando.

El hombre aseguró que la figura pasó frente a él sin emitir una sola palabra.

Sin respirar.

Sin mover los labios.

Sin siquiera voltear a verlo.

Simplemente continuó avanzando por la calle hasta perderse entre las sombras.

Aquella noche no durmió. Y durante varias semanas soñó con la misma imagen.

Un Cristo de tamaño real recorriendo las calles vacías del Centro Histórico.

Años después, la historia podría haberse perdido entre cientos de relatos paranormales similares.

Pero ocurrió algo extraño.

Comenzaron a aparecer otros testimonios.

Personas que jamás se habían conocido entre sí describían prácticamente la misma figura.

Un Cristo.

De tamaño natural. Con la piel semejante al yeso o a la piedra.

Caminando lentamente por las calles que rodean el antiguo corazón de Tenochtitlan.

Algunos aseguran haberlo visto cerca de República de Argentina. Otros en las inmediaciones de San Ildefonso.

Algunos más dicen haberlo encontrado caminando entre callejones cercanos al Templo Mayor durante la madrugada.

Las descripciones cambian ligeramente. Pero nunca demasiado.

Hay quienes afirman que carga una cruz de madera que arrastra detrás de sí. Algunos dicen que lleva una corona de espinas. Otros afirman que parece una escultura procesional sin ningún adorno.

Pero todxs coinciden en algo.

Verlo produce una sensación imposible de explicar.

No es miedo.

No exactamente.

Es algo más profundo.

Una certeza instintiva de que aquello no debería estar ahí.

Como si la mente reconociera que está contemplando algo que contradice todas las reglas de la realidad.

Lo más inquietante ocurre después.

Muchas de las personas que afirman haber visto al Cristo de Yeso aseguran comenzar a soñar con él durante las noches siguientes.

Al principio aparece a la distancia. Caminando por calles vacías. Atravesando plazas desiertas. Doblando esquinas imposibles. Pero con el paso de los días parece acercarse cada vez más. Hasta que finalmente aparece frente a ellos.

Observándolos.

En silencio.

Con aquellos ojos inmóviles que parecen tallados en piedra. Nadie sabe de qué iglesia proviene.

Nadie ha logrado identificar una imagen religiosa que coincida exactamente con las descripciones.

Tampoco existe registro de alguna escultura desaparecida que pueda explicar las apariciones.

Es como si hubiera surgido de algún rincón olvidado de la ciudad.

O de alguna época que nunca terminó de marcharse.

Quizá se trate simplemente de una leyenda urbana alimentada por los siglos de historia que descansan bajo las calles del Centro Histórico.

O quizá, cuando las campanas dejan de sonar y lxs turistas regresan a casa, una antigua imagen religiosa abandona el lugar donde permanece oculta durante el día.

Y comienza nuevamente su recorrido nocturno por las calles que alguna vez formaron el centro del mundo mexica.

Por eso, si alguna noche caminas cerca de San Ildefonso y ves a un hombre completamente blanco avanzando con movimientos rígidos entre las sombras…

No intentes seguirlo.

Y, sobre todo, procura no mirarlo durante demasiado tiempo.

Porque quienes lo han hecho aseguran que el verdadero encuentro no ocurre en la calle.

Ocurre días después.

Cuando cierras los ojos para dormir.