Durante el día, la UAM Azcapotzalco es un lugar lleno de estudiantes que corren entre clases, profesorxs que atraviesan los pasillos con libros bajo el brazo y trabajadorxs que mantienen en funcionamiento uno de los campus universitarios más importantes de la Ciudad de México. Pero cuando cae la noche, las aulas se vacían y el silencio se apodera de los edificios, algunxs aseguran que todavía hay personas recorriendo la universidad.
El problema es que algunas de ellas murieron hace años.
Entre las muchas historias que circulan en la comunidad universitaria, una de las más conocidas es la de Encarnación, un vigilante que durante décadas cuidó el campus cuando todxs lxs demás se habían ido.
Dicen que conocía cada rincón de la universidad. Cada puerta. Cada taller. Cada jardín.
Tenía las llaves de prácticamente todos los accesos y era común verlo recorriendo los edificios durante la madrugada, revisando que todo estuviera en orden. Cuando terminaba sus rondines, solía detenerse unos minutos para regar algunas áreas verdes antes de continuar su camino bajo la tenue luz de las luminarias.
Era parte del paisaje nocturno de la UAM.
Hasta que murió.
O al menos eso dice la versión oficial.
Porque para muchxs trabajadorxs, Encarnación nunca abandonó realmente la universidad.
Las primeras historias comenzaron poco tiempo después de su fallecimiento, a principios de los años dos mil. Vigilantes del turno nocturno afirmaron haber visto una silueta caminando cerca de las canchas deportivas cuando el campus ya estaba completamente cerrado.
Pensaron que era un intruso.
Intentaron acercarse.
Pero la figura desapareció detrás de un edificio.
Sin dejar rastro.
Con el paso de los años los relatos comenzaron a multiplicarse.
Algunxs trabajadorxs aseguran haber escuchado el sonido de un manojo de llaves tintineando en pasillos completamente vacíos. Otrxs cuentan que, durante la madrugada, ciertas puertas aparecen cerradas después de haber sido dejadas abiertas, como si alguien continuara realizando las inspecciones de rutina.
Y siempre ocurre cuando no hay nadie cerca. O al menos nadie vivo.
Hay una historia que se repite con especial frecuencia entre quienes trabajan de noche. Dicen que, en ocasiones, una figura masculina aparece caminando lentamente entre los talleres y laboratorios. Lleva una gorra oscura, viste uniforme de vigilancia y sostiene algo brillante en una de sus manos.
Un llavero.
Cuando alguien intenta alcanzarlo para saludarlo o preguntarle qué hace ahí, la figura dobla una esquina.
Y desaparece.
Como si el edificio se la hubiera tragado. Pero Encarnación no es el único.
Algunos miembros del personal aseguran que existen otros vigilantes que jamás aparecen en las listas de empleados. Sombras inmóviles observando desde los corredores. Siluetas que se reflejan en los cristales de los edificios durante la madrugada. Hombres que parecen custodiar accesos donde ya no hay nadie.
Lxs más supersticiosos creen que la universidad conserva el eco de quienes dedicaron gran parte de su vida a protegerla.
Porque la UAM Azcapotzalco cambia por completo cuando llega la noche.
Los largos pasillos se vuelven laberintos silenciosos. Los talleres quedan sumidos en la oscuridad. Y el viento que atraviesa las áreas abiertas produce sonidos que parecen pasos acercándose lentamente.
Quienes han trabajado en el turno nocturno aseguran que hay momentos en los que resulta imposible sacudirse la sensación de estar siendo observadx. Como si alguien vigilara que todo permanezca en orden. Como si alguien siguiera cumpliendo con su deber.
Incluso después de la muerte.
Tal vez se trate únicamente de historias que han pasado de generación en generación entre estudiantes y trabajadorxs.
O quizá, cuando la última luz se apaga y las puertas quedan cerradas, Encarnación toma nuevamente sus llaves y comienza otro recorrido por el campus.
Uno más.
Como lo ha hecho durante décadas.
Y si alguna vez caminas por la UAM Azcapotzalco de madrugada y escuchas el sonido metálico de unas llaves detrás de ti, no te preocupes demasiado.
Probablemente solo sea un vigilante realizando su ronda.
La verdadera pregunta es si ese vigilante sigue con vida.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.