Aunque Ricardo era amante del arte, terminó estudiando Economía y Contabilidad en el ITAM para poder dedicar su vida a hacer dinero. Pero para poder triunfar en el mundo exterior, en ese mundo material, parecería indispensable alejarse del mundo interior o espiritual. Y, por lo mismo, Ricardo terminó alejándose del arte y, sobre todo, del teatro, que era una de sus grandes pasiones. Hoy, a casi setenta años, se ha dado cuenta de que quizá el mundo espiritual es más importante de lo que pensaba y decidió regresar a los escenarios para enfrentarse nuevamente al público en una especie de catarsis emocional.
Hoy, Ricardo parece haber terminado de entender lo que su yo de 17 años intentó gritarle al mundo cuando escribió y montó Videncia. La obra que presentó originalmente en 1974 plantea una reflexión sobre la importancia de encontrar un equilibrio entre nuestro yo superficial, nuestro yo material y ese otro yo que busca trascender.
En Videncia, el propio Ricardo se presenta como una especie de trinidad, una unidad conformada por tres personajes. Ricardo representa el yo material, Carito representa el yo superficial y el Espiritual, como su nombre lo indica, es aquel que busca trascender. Algo que podría recordarnos, guardando todas las proporciones, a las estructuras de la personalidad planteadas por Freud o a las distintas concepciones filosóficas que han intentado dividir al ser humano entre cuerpo, mente y espíritu. El punto es que Ricardo está madurando y, por lo mismo, se encuentra en una constante necesidad de entender a sus distintos yoes y descubrir cuál de ellos tiene mayor peso en su existencia.
Videncia es una discusión entre esos tres personajes que habitan dentro de nosotrxs y que constantemente se pelean por dominar nuestra existencia. Son personajes que, como el diablito y el angelito que aparecen sobre los hombros de los protagonistas de las caricaturas, nos ayudan a navegar por la vida. Pero aquí hay una diferencia importante. Estos tres personajes no pueden existir sin los otros, porque más que repelerse, se complementan. Son parte de un mismo individuo que intenta funcionar dentro de un mundo que, muchas veces, parece completamente disfuncional.
La obra fue escrita por un Ricardo de 17 años, quien seguramente era idealista y creía en muchas de las promesas de los movimientos cercanos a la corriente new age. Probablemente la obra le resonaba en aquel entonces y lo invitaba a cuestionarse la importancia de cada uno de sus yoes. Pero estoy seguro de que esa misma obra le resuena todavía más a Ricardo en la actualidad. Después de todo, han pasado más de cincuenta años desde que la escribió y creo que ya atravesó buena parte del proceso que su yo material vive dentro de la historia.
Y no solo eso. También creo que Videncia puede resonar con quienes estamos viviendo nuestro propio proceso de descubrimiento. Con quienes, conforme pasan los años, comenzamos a preguntarnos qué queremos realmente, cuánto de lo que hacemos responde a nuestros deseos y cuánto tiene que ver con aquello que aprendimos que debíamos hacer para “triunfar“. Porque quizá el verdadero conflicto no está en elegir entre el mundo material y el espiritual, sino en descubrir cómo hacer que ambos puedan convivir.
En cuanto a la puesta en escena, puedo decir que es muy sencilla, pero tiene todo lo necesario para transmitir el mensaje de la obra. La escenografía está conformada principalmente por una pintura realizada por el propio Ricardo y distintos objetos que ha coleccionado a lo largo de las décadas. Todo esto hace que el escenario se sienta íntimo, personal y, sobre todo, muy cercano al protagonista. No parece que estemos entrando a un mundo completamente ficticio, sino directamente a algunos rincones de la memoria de Ricardo.
Dejando todo esto a un lado, debo confesar que la obra resonó mucho en mí, especialmente por la manera en que aborda la filosofía oriental desde una mirada occidental y mucho más digerible. Y no solo habla de filosofía, también incorpora algunos aspectos prácticos de las tradiciones espirituales orientales (especialmente del Subcontinente), como el yoga.
Porque sí, el personaje recurre a distintos pranayamas (ejercicios yóguicos de respiración), como Ujjayi y Nadi Shodhana, además de varias posturas de yoga que acompañan aquello de lo que está hablando el personaje Espiritual. Por ejemplo, aparece Vrksasana, la postura del árbol, cuando se habla del equilibrio, o Virabhadrasana (Guerrero), en sus distintas variantes, cuando se habla de fuerza.
Aunque, como maestro de yoga, debo confesar que la ejecución de algunas posturas me estresó un poquito. Hay movimientos y alineaciones que, dependiendo de cómo se realicen, podrían aumentar el riesgo de una lesión. Entiendo que esto también responde al ritmo de la puesta en escena y a la edad de Ricardo, pero inevitablemente terminé viendo algunas posturas con los ojos de alguien que lleva años practicando y enseñando yoga.
Aun así, creo que justamente ahí está una de las cosas más interesantes de Videncia. No es una obra que pretenda darte respuestas definitivas sobre cómo vivir ni decirte cuál de tus yoes debería ganar la batalla. Más bien te obliga a sentarte frente a ellos y escucharlos. Y quizá, después de casi cincuenta años, Ricardo también descubrió que no se trataba de elegir entre el dinero, el ego, el cuerpo o el espíritu, sino de aprender a convivir con todos ellos. Porque al final, quizá crecer no consiste en dejar atrás a quienes fuimos, sino en aprender a sentarnos con todas nuestras versiones y descubrir qué tienen todavía que decirnos.
Datos Generales
Lugar: Teatro La Capilla – Madrid 13, Del Carmen, Coyoacán, Ciudad de México, CDMX
Costo del Boleto: de $200 a $350 pesos
Funciones: Lunes 20:00 hrs.
Vigencia: Hasta el 31 de agosto, 2026
Dramaturgia: Ricardo Haneine Haua
Dirección: Mara Hernández Ponce
Elenco: Ricardo Haneine Haua

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.