Después de un largo paseo por el Centro Histórico, nos llegó un hambre voraz. Así que decidimos buscar algún lugar donde pudiéramos sentarnos a comer con calma, lejos del barullo del Zócalo, pero sin renunciar a las vistas de los edificios coloniales y porfirianos que abundan en la zona.

Caminamos junto al Templo Mayor, cruzamos frente a la Catedral Metropolitana, pasamos por el Centro Cultural de España y llegamos hasta una impresionante casona colonial que llamó nuestra atención por albergar el Museo Choco-Story y Culto Cacaotería. Fue ahí donde una persona, muy amable, nos invitó a conocer el restaurante Charco.

Ya habíamos oído hablar de este lugar y sabíamos que no era la típica terraza del Centro donde terminas pagando de más por una comida mediocre y una vista bonita. Así que aceptamos la invitación. Subimos hasta el tercer piso y nos encontramos con un espacio completamente distinto a lo que esperábamos.

Lo primero que ves al entrar es una pequeña cocina abierta donde el equipo prepara todos los platillos frente a lxs comensales. A un costado se encuentra el salón, un espacio sencillo, pero donde cada detalle parece estar pensado cuidadosamente. Sin embargo, el verdadero protagonista del restaurante es la terraza. Desde ahí se tiene una espectacular vista del Templo Mayor y de la Catedral Metropolitana. Nosotrxs tuvimos la mala suerte de llegar mientras llovía, así que no pudimos disfrutarla. Aun así, comer dentro del salón resultó igual de agradable.

Debes saber que Charco define su propuesta como Dining Fine, un concepto que juega con la idea del fine dining, pero alejándose de la solemnidad que suele acompañar a este tipo de restaurantes. En otras palabras, aquí encontrarás cocina de alto nivel en un ambiente relajado, sin códigos de etiqueta ni pretensiones. Esa filosofía también se refleja en sus ingredientes, pues trabajan con productos frescos y de temporada, privilegiando a productores locales o, al menos, lo más cercanos posible, mientras recurren a técnicas propias de la alta cocina para transformarlos.

El menú es pequeño, casi tan pequeño como el restaurante, pero eso permite que cada platillo reciba la atención que merece. Para comenzar pedimos unas Cebollitas Tempura con macarrones de algas y tinta de calamar, una Tartaleta de Atún con crème fraîche y horseradish o rábano picante, además de unos Cogollos de Lechuga a la Criolla con yogur, ajo y aliño.

Como platos fuertes probamos el Pollito de Leche Rostizado con lemongrass y piña brûlée, la Magret de Pato con pipián de pepita y un NY Wagyu Cross acompañado de una mezcla de tomates cherry ahumados y jus, el concentrado de jugos que desprende la carne durante su cocción.

Para acompañar la comida, Charco cuenta con una interesante carta de coctelería de autor que reinterpreta algunos clásicos. Entre ellos destaca el Charco Martini, preparado con ginebra, salmuera de ajo negro, pimienta shiro dashi y aceituna, así como el AIFA, elaborado con tequila, licor de violetas, Luxardo, Xtabentún y limón.

Si los cocteles no son lo tuyo, tampoco hay problema. También encontrarás una buena selección de cervezas artesanales, tanto de barril como en lata, además de vinos y bebidas sin alcohol. Nosotrxs, por ejemplo, decidimos acompañar la comida con algo mucho más sencillo, agua mineral y un refresco, dejando que los platillos fueran los verdaderos protagonistas.

Aunque la comida nos gustó bastante, puedo decir que lo mejor de Charco es la experiencia de estar ahí. A diferencia de otras cocinas abiertas, aquí realmente sientes que estás sentadx en la mesa del chef Ricardo Verdejo. Desde cualquier lugar puedes observar cómo preparan cada platillo y cómo el equipo dedica varios minutos al emplatado, colocando cada ingrediente con una precisión casi obsesiva. Es de esas escenas que normalmente solo ves en documentales o series sobre restaurantes de alta cocina.

Y cuando los platillos llegan a la mesa y levantas la vista hacia la terraza, entiendes por qué Charco ha logrado hacerse un nombre entre quienes disfrutan descubrir restaurantes diferentes. La comida, la arquitectura de la casona y la vista al corazón arqueológico de la ciudad terminan construyendo una experiencia que va mucho más allá de una simple comida.

Charco demuestra que la alta cocina no tiene por qué sentirse distante ni exclusiva. Es un restaurante pequeño e íntimo que apuesta por una cocina honesta, técnica y muy bien ejecutada, pero sin perder ese ambiente relajado que invita a quedarse un buen rato después del postre. Ya sea para una cita, una comida entre amigxs o simplemente para redescubrir el Centro Histórico desde otra perspectiva, es uno de esos lugares que vale la pena tener en el radar.

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Dirección:
 República de Guatemala #24, Centro Histórico, Ciudad de México, CDMX
Costo por persona: Más de $800 pesos
Horario: Miércoles a lunes de 13:00 a 22:00 hrs.
Página Web: charco.rest
Instagram: instagram.com/charco.rest