Durante décadas, el vino en México estuvo asociado a celebraciones importantes, cenas elegantes y fechas marcadas en el calendario. Esa imagen ha comenzado a transformarse. Hoy es cada vez más común encontrar una copa acompañando un brunch, una comida entre amigos o una sobremesa improvisada, reflejo de una forma distinta de entender el consumo de esta bebida.

La evolución responde, en buena medida, a un relevo generacional. Las nuevas generaciones privilegian experiencias más relajadas, consumen alcohol con menor frecuencia y muestran interés por bebidas de menor graduación alcohólica, lo que ha llevado a diversas marcas a replantear la manera en que presentan el vino al público.

Cómo han cambiado los hábitos de consumo de vino en México

En los últimos años, la categoría del vino ha enfrentado el reto de conectar con consumidores que tienen hábitos diferentes a los de generaciones anteriores. La Generación Z, que representa cerca de una cuarta parte de la población, registra un consumo más ocasional y manifiesta afinidad por bebidas saborizadas y con menor contenido de alcohol.

Al mismo tiempo, el vino ha dejado de estar reservado para momentos formales y se ha incorporado a situaciones cotidianas, donde compartir el tiempo con otras personas pesa tanto como la bebida que se sirve.

Jonathan Campos, director de Marketing de IDI, empresa responsable de la comercialización de Riunite en México, considera que el consumo del vino se ha vuelto más flexible.

“Hoy vemos que el vino está dejando atrás muchos de los protocolos que durante años marcaron su consumo. Una misma botella puede reunir a abuelos, hijos y nietos alrededor de una mesa, pero también acompañar una cena entre amigos, un brunch de fin de semana o una reunión espontánea”.

Cada generación vive el vino de forma diferente

Aunque el vino continúa presente en reuniones familiares y celebraciones tradicionales, la relación con esta bebida varía según la generación.

Para los Baby Boomers y buena parte de la Generación X, sigue siendo un elemento ligado a encuentros familiares y comidas especiales.

Los Millennials ampliaron esas ocasiones e incorporaron el vino a cenas informales, escapadas de fin de semana, reuniones después del trabajo y experiencias gastronómicas compartidas.

En el caso de la Generación Z, el consumo suele ser más espontáneo y menos sujeto a las reglas tradicionales. Las reuniones con amigos, las terrazas y los restaurantes se han convertido en algunos de los espacios donde esta generación integra el vino a su vida cotidiana.

Los vinos jóvenes y de baja graduación ganan terreno

Las preferencias también muestran cambios. Aunque el vino tinto conserva el liderazgo, crece el interés por los rosados, espumosos y vinos jóvenes, impulsado por consumidores que buscan bebidas más frescas y versátiles para diferentes momentos.

Dentro de esa tendencia se encuentra Riunite, que acerca su Lambrusco de tradición italiana a nuevas audiencias con una propuesta de 8% de alcohol y un perfil naturalmente dulce. La marca plantea que el vino puede formar parte de reuniones informales sin desprenderse de la tradición que caracteriza a este estilo italiano.

Como parte de esa estrategia, Riunite reúne a tres figuras públicas que representan distintas generaciones y formas de convivencia. Isabel Lascurain se vincula con las celebraciones familiares; Wattsopa refleja el consumo cotidiano entre los Millennials; y Andy Badillo conecta con una generación interesada en experiencias más espontáneas y estilos de vida ligeros.

La transformación en los hábitos de consumo sugiere que el vino está ampliando los espacios donde tiene presencia. Lo que antes se reservaba para una ocasión especial ahora encuentra lugar en encuentros cotidianos, comidas caseras y sobremesas que surgen sin necesidad de una fecha señalada.