La colonia Guerrero es uno de esos lugares de la Ciudad de México donde cada calle parece esconder una historia. Entre viejas casonas, vecindades centenarias y edificios que han visto pasar generaciones enteras, sobreviven relatos que rara vez aparecen en los libros de historia.
Uno de ellos se encuentra sobre la calle Mina, a unos pasos de Avenida Guerrero y detrás del antiguo Convento de San Fernando.
Es un sitio aparentemente normal.
Una esquina más en una colonia acostumbrada a convivir con siglos de memoria.
Sin embargo, cuando cae la noche, pocas personas disfrutan quedarse demasiado tiempo en ese lugar.
Porque, según cuentan lxs vecinxs, ahí se encuentra el llamado Punto 134. Y algo sigue rondando entre sus sombras. El nombre tiene un origen peculiar.
Décadas después de una tragedia ocurrida en la zona, las autoridades utilizaron la denominación “Punto 134” para identificar aquel sitio dentro de diversas investigaciones. Con el tiempo, el nombre terminó quedándose en el imaginario popular, hasta convertirse en una referencia conocida por muchxs habitantes de la colonia.
Pero la historia que dio origen a la leyenda es mucho más antigua.
Según cuentan los relatos que todavía circulan entre las generaciones mayores, durante los años sesenta o setenta aquella esquina era conocida por albergar a uno de los vendedores de drogas más populares de la ciudad.
No era una figura discreta. No operaba desde escondites secretos ni se ocultaba demasiado de quienes lo buscaban. Quienes necesitaban encontrarlo sabían exactamente dónde estaba. Y quienes vivían cerca también.
Dicen que todas las noches aparecía en la misma zona, ofreciendo distintas sustancias a una clientela que llegaba desde diversos puntos de la ciudad.
Durante años, el negocio pareció funcionar sin mayores problemas.
Hasta que una noche todo salió mal.
Las versiones cambian en algunos detalles, pero todas coinciden en el desenlace.
Se dice que uno de sus clientes intentó engañarlo durante una transacción. Al principio hubo reclamos. Después insultos. Luego empujones. Y finalmente golpes. Lo que comenzó como una discusión terminó convirtiéndose en una pelea cada vez más violenta.
Ninguno de los dos hombres estaba dispuesto a retroceder. Entonces aparecieron las armas. La calle, que apenas unos minutos antes parecía tranquila, se llenó de detonaciones.
Los disparos resonaron entre los muros de las viejas construcciones y rompieron el silencio de la madrugada. Cuando todo terminó, ambos hombres habían muerto. Pero no fueron las únicas víctimas.
Dos personas que caminaban por la zona en ese momento quedaron atrapadas en el fuego cruzado y también perdieron la vida. Cuatro personas murieron aquella noche.
Y, según la leyenda, ninguna de ellas se marchó realmente.
Las primeras historias comenzaron poco tiempo después. Vecinxs que regresaban tarde aseguraban sentir una presencia detrás de ellxs al pasar por la esquina.
Una sensación incómoda. Como si alguien caminara a pocos pasos de distancia.
Como si una mirada invisible siguiera cada movimiento.
Algunxs comenzaron a reportar algo todavía más extraño.
La sensación de una mano apoyándose sobre su hombro.
Un toque ligero. Pero inconfundible. Al voltear, nunca encontraban a nadie.
Ni una persona. Ni una sombra. Nada.
Otrxs aseguran haber visto figuras oscuras desplazándose por las paredes de los edificios.
Sombras que parecen moverse en dirección contraria a las luces de la calle. Formas humanas que recorren brevemente el suelo antes de desaparecer entre los rincones más oscuros. Quienes viven cerca afirman que los fenómenos suelen intensificarse durante la madrugada. Especialmente cuando las calles quedan vacías y el ruido de la ciudad comienza a apagarse.
Es entonces cuando algunas personas aseguran escuchar algo que las deja paralizadas.
Disparos. No fuertes. No claros. Sino lejanos. Como ecos. Como si provinieran de muy lejos.
Y mezclados con ellos aparecen otros sonidos. Gritos apagados. Fragmentos de voces imposibles de distinguir.
El ruido confuso de una discusión que parece repetirse una y otra vez.
Como una grabación atrapada en el tiempo.
Algunxs creen que se trata simplemente de sugestión.
Después de todo, la colonia Guerrero está llena de historias, rumores y leyendas que han pasado de generación en generación.
Pero quienes han vivido alguna de estas experiencias sostienen que hay algo diferente en el Punto 134.
Algo que permanece.
Como si la violencia de aquella noche hubiera dejado una marca imposible de borrar.
Una cicatriz que quedó grabada en la calle.
Y que todavía se hace sentir décadas después.
Tal vez todo sea producto de la imaginación colectiva.
O quizá, cuando la ciudad guarda silencio y las sombras comienzan a estirarse sobre la calle Mina, los ecos de aquella balacera vuelven a repetirse una vez más.
Por eso, si alguna noche caminas detrás del Convento de San Fernando y sientes que alguien te toca el hombro…
Quizá sea mejor no voltear.
Porque hay quienes aseguran que las sombras del Punto 134 prefieren que nadie las vea.
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Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.