Esta historia nos lleva a alguna isla de Japón, en algún momento del tiempo que realmente no nos interesa. El punto es que, en esta isla, las cosas simplemente desaparecen y, con ellas, también empieza a desaparecer el recuerdo de que alguna vez existieron. Puede ser que un día desaparezcan las flores y que, poco después, nadie recuerde su existencia, su aroma o los colores que tenían.

No está claro si las cosas desaparecen por sí solas, o si es el gobierno o algún poder supremo es el que decide qué cosas deben desaparecer. Lo que importa es que, en cuanto se anuncia que algo tiene que desaparecer, las y los habitantes de la isla hacen todo lo posible por borrar las pruebas de su existencia y, poco a poco, también olvidan que alguna vez estuvieron ahí.

Olvidar algo que dejó de existir es sencillo. Y, si olvidas la existencia de aquello, realmente no hay ningún problema. Sin embargo, hay personas que, por alguna cuestión genética, son incapaces de olvidar esas cosas y objetos que dejaron de existir. Personas que son perseguidas y desaparecidas por la Policía de la Memoria, porque el simple hecho de recordar puede llevarlas a la nostalgia o, peor aún, hacer que quieran que todo el mundo recuerde. Y eso puede ser peligroso.

Pero nuestra protagonista no es una de esas personas que no pueden olvidar. No. Ella es una persona común y corriente que sí tiene la capacidad de olvidar. Es una novelista reconocida que trata de llevar una vida lo más sencilla posible, hasta que descubre que su editor, una de las personas a las que más respeta en el mundo, tiene la capacidad de recordar aquello que ha desaparecido.

Así que decide ayudarlo de cualquier manera posible a mantenerse con vida y, de paso, mantener con vida el recuerdo de todas esas cosas que ella ya no puede recordar.

La Policía de la Memoria (密やかな結晶) es una novela japonesa escrita por Yōko Ogawa que, por momentos, me recordó a la ciencia ficción de Orwell y Bradbury, pero también tiene algo del realismo mágico latinoamericano. Todo está narrado con una prosa sencilla y descriptiva que, en algunos momentos, resulta hasta reconfortante, muy al estilo nipón.

Y no digo reconfortante por la historia, porque la verdad es que poco a poco se vuelve bastante estresante, sino por la forma tan sencilla en la que Ogawa narra. Es una novela que puedes seguir leyendo y leyendo sin sentir que la historia se vuelve pesada, incluso cuando lo que está ocurriendo alrededor de los personajes es cada vez más inquietante.

Es una novela sencilla en apariencia, con una historia que atrapa desde las primeras páginas y que lleva a las y los lectores a querer seguir leyendo para saber qué va a pasar y, sobre todo, para entender mejor el mundo en el que se desarrolla la historia. Además, plantea varias preguntas complejas que van desde qué ocurre cuando algo deja de ser recordado hasta qué tan importante es la memoria individual y colectiva dentro de una sociedad.

Y creo que ahí está una de las cosas que más me gustaron de La Policía de la Memoria. No es una novela que necesite explicarte todo para hacerte pensar. Simplemente plantea un mundo en el que las cosas desaparecen y las personas las olvidan, y poco a poco empiezas a preguntarte qué pasaría si también desaparecieran los recuerdos de las personas que queremos, de los lugares que conocemos o incluso de las cosas que nos hacen ser quienes somos.

Al final, La Policía de la Memoria es de esas novelas que empiezan con una idea aparentemente sencilla y terminan metiéndote preguntas en la cabeza. ¿Qué somos si olvidamos lo que fuimos? ¿Y qué pasaría si alguien más pudiera decidir qué tenemos permitido recordar? Probablemente ahí está el verdadero terror de esta historia: no en que las cosas desaparezcan, sino en que llegue un momento en el que ya nadie recuerde que alguna vez existieron.