Esta es una historia sobre nada. Una historia circular.

Tom es un hombre triste y fracasado. Un fracaso como nadador, un fracaso como hijo y, sobre todo, un fracaso como padre. Un hombre que decidió alejarse del mundo para adentrarse en ese otro lugar, ese sitio al que viaja la mente cuando te quedas mirando el horizonte. Es de esas personas que, aunque están físicamente presentes, siempre parecen estar pensando en otra cosa. Pero no siempre fue así.

Desde joven comenzó a nadar y, gracias al entrenamiento de Herrera H, llegó lejos. Ganó cuatro campeonatos, dos estatales, uno nacional y uno internacional, pero nunca consiguió llegar a los Juegos Olímpicos. Su padre siempre lo apoyó, aunque con el tiempo ese apoyo terminó convirtiéndose en obsesión, y la obsesión en crítica. Crítica hacia ese hijo que no cumplió las expectativas. Hacia ese hijo que no logró lanzarse al agua en su última competencia porque la presión terminó paralizándolo. Una crítica que terminaría alejando a padre e hijo durante años.

Tom y Gisela, su esposa, estaban en la escuela de natación cuando a ella se le rompió la fuente. Todo ocurrió de manera repentina. Mireya nació en la alberca mientras el teléfono sonaba insistentemente en la oficina administrativa. Mirella nació exactamente en el momento en que el padre de Tom moría a causa de un paro respiratorio provocado por el enfisema. Y Tom nunca respondió aquella llamada.

La vida de Mirella le recordaba constantemente la muerte de su padre. No importaba el día, la hora o el lugar. El fantasma de aquel hombre al que nunca atendió en su lecho de muerte siempre estaba presente en la mente de Tom. Poco a poco, esa culpa lo arrastró a una espiral que lo llevaba cada vez más al fondo. Y, como diría la propia Mirella, al final, todo se ahoga.

Lo que queda en una fosa vacía es una obra de teatro escrita y dirigida por Jimena Hinojosa que retrata la depresión desde una mirada crítica, aunque también profundamente humana. Una propuesta que encuentra espacio para el humor en medio de la tristeza y que logra llevar a las y los espectadores por una auténtica montaña rusa emocional, pasando de la risa a la ansiedad y de regreso en cuestión de segundos. Todo ello envuelto en una estética simplemente hermosa.

Hablemos justamente de esa estética. La escenografía es muy sencilla, pero está tan bien resuelta que logra transportarnos por completo a la alberca Nadando Ando. Para conseguirlo utilizan telas translúcidas con patrones de mosaicos azules que, combinadas con un excelente diseño de iluminación, no solo nos permiten asomarnos a distintos momentos de la vida de los personajes, sino que también generan la sensación de que ellos mismos se encuentran Lo que queda en una fosa vacía.

Por otro lado, el trabajo actoral es sobresaliente. Empezando por Sunem Serrano, quien interpreta a Mirella y consigue transmitir con enorme sensibilidad la experiencia de una niña con mutismo selectivo. A ella se suman Daphne Keller como Gisela, Tania Mayrén como Luisa M., Leonardo Zamudio como Herrera H., Carlos Fernández como el Papá y Uriel Ledesma como el comprador. Todos construyen personajes profundamente rotos, melancólicos y, al mismo tiempo, inesperadamente divertidos.

Sin embargo, quien más me impresionó fue Hamlet Ramírez. Más allá de romper con los personajes con los que yo lo asociaba en obras como Más pequeños que el Guggenheim y El amor de las luciérnagas, logra construir a un Tom que no solo está deprimido, sino que resulta genuinamente deprimente. Un hombre que parece hundirse poco a poco frente a nuestros ojos y que, sin que nos demos cuenta, termina arrastrándonos con él hacia el fondo de la piscina. Su interpretación consigue que experimentemos esa sensación de asfixia emocional que acompaña a la depresión, esa incapacidad de salir a la superficie aun cuando sabemos perfectamente dónde se encuentra.

Al terminar la función me quedé pensando en la imagen de la alberca. En cómo el agua puede ser al mismo tiempo refugio, hogar, recuerdo y condena. Todos los personajes parecen estar flotando entre aquello que perdieron y aquello que nunca lograron decir. Y quizá por eso la obra resulta tan poderosa. Porque no habla únicamente de la depresión, sino también de la culpa, de los silencios que heredamos y de las ausencias que seguimos cargando durante años. Es una obra que nos recuerda que, a veces, el pato nada.

Datos Generales
Lugar: Teatro El Milagro  – Milan #24, Colonia Juárez, Ciudad de México, CDMX
Costo del Boleto: de $350 pesos
Funciones: Jueves y viernes 20:00 hr., sábado 19:00 hrs. y domingo 18:00 hrs.
Fecha de la temporada: Hasta el 23 de agosto, 2026.
Dramaturgia: Jimena Hinojosa
Dirección: Jimena Hinojosa
Actuaciones: Hamlet Ramírez, Sunem Serrano Cedillo, Daphne Keller, Tania Mayrén, Leonardo Zamudio, Carlos Fernández y Uriel Ledesma