El Metro Tacubaya es uno de los puntos más concurridos de la Ciudad de México. Miles de personas cruzan diariamente por sus pasillos para conectar con distintas líneas, apresuradas por llegar al trabajo, regresar a casa o simplemente continuar su camino por la ciudad.

Pero cuando la noche avanza y la multitud comienza a desaparecer, algunxs aseguran que algo extraño recorre los andenes. Algo que no debería existir.

La historia suele repetirse entre quienes utilizan la estación entre las nueve y las once de la noche. A esa hora los trenes llegan con menos frecuencia, los pasillos se vuelven más silenciosos y ciertos rincones de la estación parecen quedar atrapados en una extraña penumbra. Es entonces cuando algunxs pasajerxs comienzan a escuchar un sonido muy particular.

Tac. Tac. Tac.

Como el golpeteo de unas garras de perro sobre el piso. Al principio no parece extraño. Después de todo, no sería raro que algún perro callejero hubiera logrado entrar a la estación. Pero quienes han seguido el sonido cuentan que la explicación desaparece en cuanto voltean.

Porque lo que ven no es un perro normal.

Según los testimonios, se trata de un animal grande, del tamaño de un labrador o quizá un dóberman. Su cuerpo parece completamente normal. Tiene pelaje oscuro, patas fuertes y una cola larga que se mueve lentamente mientras avanza por los andenes.

El problema es su cabeza.

Porque donde debería haber un hocico hay algo parecido a un rostro humano.

No completamente humano. No completamente animal. Algo intermedio. Algo incorrecto.

Algunxs describen una cara masculina de facciones alargadas. Otrxs aseguran haber visto rasgos femeninos. Hay quienes afirman que parece un anciano y otrxs dicen que se asemeja a un hombre de mediana edad.

Pero todxs coinciden en algo. Sus ojos. Ojos demasiado humanos. Ojos que observan con una inteligencia imposible. Ojos que parecen entender perfectamente que está siendo observado.

Lo más inquietante es que nunca aparece solo.

Detrás de él siempre camina una persona. Un hombre alto y delgado que avanza por los andenes con la mirada perdida.

Lxs testigxs aseguran que nunca habla.

Nunca corre. Nunca interactúa con nadie. Simplemente camina. Como si siguiera al animal. O como si el animal fuera quien lo estuviera guiando.

Algunxs pasajexs han intentado acercarse para preguntar si el perro es suyo. Ninguno ha obtenido respuesta. La figura continúa avanzando sin siquiera girar la cabeza. Y el perro tampoco deja de caminar.

Hay una historia particularmente conocida entre trabajadores del Metro.

Cuentan que un vigilante observó al extraño dúo descender por unas escaleras cercanas al final de uno de los andenes. Intrigado, decidió seguirlos. Los perdió apenas unos segundos al doblar una esquina. Cuando llegó al lugar donde deberían encontrarse, no había nadie.

Ni el hombre. Ni el perro. Ni alguna puerta por la que hubieran podido escapar. Nada.

Solo el eco distante de unas garras golpeando el suelo.

Tac. Tac. Tac.

Algunxs creen que la criatura es una especie de nahual atrapado entre dos formas. Otrxs aseguran que se trata de una manifestación relacionada con los antiguos caminos que atravesaban la zona mucho antes de que existiera el Metro. Incluso hay quienes afirman que el hombre y el perro son la misma entidad, condenada a vagar eternamente entre dos cuerpos que nunca terminan de unirse.

Sea cual sea la verdad, la leyenda tiene un detalle que se repite una y otra vez. Nadie recuerda haber visto al perro parpadear.

Jamás.

Como si sus ojos permanecieran abiertos todo el tiempo.

Observando. Esperando. Aprendiendo.

Por eso algunxs usuarixs frecuentes de Tacubaya tienen una regla sencilla. Si escuchan el sonido de unas garras acercándose por un andén casi vacío, evitan voltear de inmediato.

Y si llegan a verlo, procuran no sostenerle la mirada.

Porque quienes afirman haberlo hecho aseguran que el verdadero terror no aparece en la estación.

Aparece después.

Días más tarde.

Cuando despiertan en mitad de la noche convencidos de haber escuchado algo caminando afuera de su habitación.

Algo que se mueve lentamente.

Y que parece sonreír con un rostro demasiado humano.

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